Dormirse en el cine no deja de ser una situación un tanto embarazosa. Se supone que al cine se va con cierto interés en lo que allí se proyecta. Pagar "paná" es tontería. Lo que ocurre es que alguna vez se elige una película que no cumple las espectativas y, por no abandonar la sala, uno acaba abandonándose al sueño. Alguna vez pasa. Es como tropezarse en la calle delante de un montón de gente o confundirse de teléfono al marcar el número. Son cosas que te pasan alguna vez en la vida, y si no te han pasado es que no has vivido lo suficiente. Es impepinable. Yo confieso: a mí eso de sobarme en la butaca ante la gran pantalla me ha pasado varias veces: cuatro, para ser exacta. Y las recuerdo nítidamente:
La primera fue en la reposición de una de las películas de Star Wars, en 1997, cuando George Lucas -su jardinero o su perro, vete a saber quién fue el responsable- tuvo la brillante idea de quitarles el polvo, meter cuatro escenas más y volver a cobrar en taquilla por ellas. Fui a verla con una de mis mejores amigas, que es 'friki' hasta las médula de la saga (que para mí es una chuminada como otra cualquiera, pero para gustos los colores), sin saber dónde me metía. La verdad, me dormí de puro aburrimiento y me arrepentí enormemente de haber gastado mi escaso dinero en aquello. Para colmo, ella ya la había visto cincuenta veces porque tenía la película en todos los formatos posibles y en todas las versiones infumables que vendían de la saga, pero nada, que la chica quería tener su recuerdo de la pantalla grande y yo fui la cateta que dijo: "Vaaaale, ya te acompaño yo...".
La segunda vez que me dormí fue en la película de Los Ángeles de Charlie, en 2000, cutre adaptación cinematográfica de Joseph MacGinty (¿y este tío quién coño es?). La última escena que recuerdo de aquel bodrio fue una gran explosión a la que, "milagrosamente", sobrevivían las tres putillas -más que ángeles- que protagonizaban el film. Lo siguente ya fueron los créditos, así que de aquella experiencia sólo guardo una laguna enorme, como cuando pillas una cogorza y al día siguiente todo parece un sueño muy feo y muy oscuro.
La tercera vez la recuerdo como una tortura: Zodiac, en 2007, de David Fincher (quizá más conocido por Seven, con Brad Pitt). Aunque sólo me faltaba sujetarme los párpados con un par de clips, me resultó imposible mantener los ojos abiertos durante el film y pasé dos horas y media de angustioso cabeceo. Es una de las películas más insípidas que he visto nunca. Prometía en su comienzo y luego fue desinchándose hasta resultarme insoportable, como un globo que pierde el aire en un prolongado y agónico soplido al estirársele la boquilla y despierta deseos asesinos de acabar con su chirrido torturador.
Y la última fue hace poco, con Millenium II. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Millenium I. Los hombres que no amaban a las mujeres me agradó. No era una obra maestra, pero tuvo su puntito y me mantuvo en el asiento cómodamente, pero esta segunda parte fue una flagelación. A diferencia de la ocasión de Zodiac y mis intentos por mantener el tipo, con Millenium II no evité en ningún momento el sueño, yo creo que porque ya tenía tablas en el asunto. Es más, me acurruqué en el hombro de mi novio y sólo me desperté con los sobresaltos de las escenas más ruidosas. Y todo sin perder el hilo, ¿eh? Si bien no hay mucho hilo que perder, todo sea dicho. Otra película insulsa para la posteridad.



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